Rastros

martes, 13 de marzo de 2012

Acusé recibo muchas veces con la vida y el diablo me pasó factura, de las muchas veces que le vendí el alma por ojos ingratos. 
-Loca- me dijo- por tu aspecto podrido y tu fachada fuerte, vos sin duda sos una inconsciente con el débil corazón de un bebé. No, el despecho nunca fue buen amigo. Si querés podés reventar las guampas contra la pared, pero de esa nadie nunca sale vivo, o por lo menos en dos pies.
Lo miré como si no supiera de qué hablaba aunque realmente tenía razón, si soy débil de corazón y me voy a morir siendo cobarde. Para qué mencionar que chasqueando los dedos y al instante, apareció esa lucifer. Más hermosa e irresistible que el cantar de una sirena, delicada, con esa cosa buena. Ni siquiera a Dalí se le pudo ocurrir cuadro más abstracto, su cabeza es un vericueto de emociones que me mato por entender. Ella es pasión, es celos, es locura. Me miró sin mirarme, me acarició a distancia con un simple ademán de palabras, estiró un brazo para alcanzarme cuando mi cruel verdugo volvió a chasquear los dedos y ella desapareció.
- ¿La quieres? ¡Pelea! Sólo la tendrás si esperas.
Este sutil episodio ocurrió durante esos meses de jolgorio mortal. Cuando bajé a tierra supe de ella, me esperaba; la espera aún sigue, por uno de sus anestésicos besos, por un abrazo sin tiempo, por hacerla sentir más bella y para que no pierda la costumbre, dale el mismo calor que en el infierno.

Y caminaría de vuelta hasta el infierno en busca de ella.

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